Situacion limite
Situacion limite El cuerpo de Sterne, como si tuviese raíces en aquel lugar, temblaba levemente de punta a cabo con la vibración infernal del barco; bajo sus pies se oía a veces un repentino resonar de acero, o el estallido ruidoso de un grito; por la derecha las hojas de las copas capturaban los rayos del sol bajo y parecían brillar con luz propia, verde-dorada, rutilante, en torno a las ramas más elevadas, negras sobre el cielo azul claro que parecía pender sobre el lecho del río como el techo de una tienda. Los pasajeros para Batu Beru, arrodillados sobre las planchas, estaban ocupados en enrollar sus jergones de estera; liaban hatillos, aseguraban las cerraduras de cofres de madera. Un chamarilero marcado por la viruela echó la cabeza atrás para beber las últimas gotas de una botella de arcilla antes de envolverla en un lío de sábanas. Grupos de vendedores ambulantes conversaban en voz baja en la cubierta; el séquito de un pequeño rajá de la costa, simples jóvenes de rostro aplanado con bombachos blancos, gorros redondos de algodón blanco y sarongs de colores vivos cruzados sobre hombros de bronce, aguardaban de cuclillas en la escotilla, mascando betel con bocas rojas brillantes como si estuviesen saboreando sangre. Sus lanzas, amontonadas en medio del círculo que formaban los pies desnudos, parecían un desordenado haz de bambúes secos; un chino lívido y flaco, con un gran bulto envuelto en hojas ya bajo el brazo, miraba alerta hacia adelante; un rey errante se frotaba la dentadura con un pedazo de madera, echando por la borda con los labios un brillante chorro de agua; el grueso rajá dormitaba en una tumbona destartalada… y a la vuelta de cada curva reaparecían las dos murallas de hojas, paralelas a las orillas, con su impenetrable solidez que se desvanecía en lo alto entre la leve niebla vaporosa de incontables ramitas libres que surgían de la punta más alta de vetustos troncos, y velludas puntas de enredadera cual delicados surtidores de plata que se erguían sin el menor temblor. En ninguna parte había señales de algún claro; ni rastro de habitación humana, excepto en cierto punto en que sobre la desnudez de una punta plana, bajo un grupo aislado de frágiles helechos arborescentes, aparecieron los restos embarullados y maltrechos de una antigua cabaña, con ese aspecto peculiar de las paredes de bambú en ruinas, que parecen como aplastadas con alguna porra. Más adelante, medio oculta bajo la vegetación que caía sobre las aguas, una canoa con un hombre, una mujer y un montón de cocos, retembló fuertemente tras el paso del Sofala, como ingenio navegador de aventurados insectos, de hormigas viajeras; mientras dos cristalinos pliegues de agua salían disparados de cada flanco del vapor y recorrían toda la anchura del río ascendiendo suavemente a contracorriente, frotando sus puntas con ruidosos espumarajos marrones contra los pies de limo de cada orilla.