Situacion limite
Situacion limite Claro que le iba a escribir; y algunas de las cartas hicieron arquear las blancas cejas del capitán Whalley. Por lo demás, éste sentía recompensados todos los afanes de su vida al poder dar todo lo necesario cuando ella se lo pedía. En cierto modo, nada le había dado tanta satisfacción desde la muerte de su esposa. Y, cosa curiosa, la puntualidad con que el yerno fracasaba le hacía sentir, desde lejos, cierta simpatía por él. El hombre se veía tan constantemente obligado a resguardarse en cualquier costa, que echarle la culpa de todo eso a su impericia en navegar, hubiera sido claramente injusto. ¡No! Él sabía muy bien a qué se debía eso. Era mala suerte. La suya había sido maravillosa, pero a lo largo de la vida había visto a muchos hombres de valía —marineros y no marineros— hundirse por el simple peso de la mala suerte, y sabía reconocer los síntomas de la fatalidad. De modo que estaba pensando cuál sería la mejor forma de ahorrar muy estrictamente hasta el último penique que pudiese legarles cuando, con una racha premonitoria de rumores (cuyo eco le alcanzó por primera vez en Shangai), vino el impacto de la enorme quiebra; y después de pasar por las fases de estupor, incredulidad, indignación, tuvo que aceptar el hecho de que no podía ya hablar de dejar nada en herencia.