Situacion limite
Situacion limite En la soledad de la avenida, toda negra por arriba e iluminada por abajo, consideraba el capitán Whalley la conveniencia de tomar aquel camino, y topó como por azar con el pensamiento de la muerte. Lo apartó con desagrado y desprecio. Casi se rió de él. Y con la inquebrantable vitalidad de sus años pensó en lo poco que necesitaba para mantener el alma en el cuerpo. Aquel sólido armazón del padre no era una mala inversión para la pobre mujer. Por lo demás, en cualquier caso, el acuerdo tenía que ser claro: las quinientas le serían pagadas íntegramente a ella en el plazo de tres meses. Íntegramente. Hasta el último penique. No iba a perder nada del dinero de ella, cayese lo que cayese… un poco de su dignidad, del respeto a sí mismo. Nunca había permitido que nadie pudiese hacerse mala impresión sobre él. Pues bien, había que pasar por eso… por el bien de ella. Al fin y al cabo, él nunca había dicho nada falso… y el capitán Whalley se sentía corrompido hasta el tuétano. Se rió un poco con íntimo desprecio de su prudencia mundana. Era claro que con un sujeto de aquella especie, y dada la peculiar relación que iba a darse entre ambos, no hubiera sido conveniente explicarle claramente su situación. No le caía bien el sujeto. Le desagradaban su arrebatos de locuacidad pretenciosa y sus explosiones de resentimiento. En definitiva…, un pobre diablo. No le hubiera gustado estar en su piel. Al fin y al cabo, los hombres no eran malos. Le desagradaba su pelo lustroso, su rara forma de estar en pie dándole a uno el lado, con la nariz elevada y mirándole a uno por encima del hombro. No. En conjunto, los hombres no eran malos… sólo eran torpes o desgraciados.