Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Mientras tanto, Willems continuaba andando hacia su casa, envuelto en sus hermosos sueños acerca de su porvenir. El camino que iba a recorrer de entonces en adelante estaba sembrado de flores. Es verdad que había abandonado ya la senda de la honestidad y del deber, pero sólo por poco tiempo. Pronto volvería a no tener que reprocharse nada y a olvidar el leve tropiezo… Se trataba, en realidad, de una pequeñez. Mientras tanto, su deber era procurar que nadie descubriese su secreto, y él confiaba en su habilidad, en su estrella y en su sólida reputación de honradez, que no permitirían que nadie sospechase nada. En realidad, era responsable de una pequeña falta… Se había apropiado, temporalmente, claro está, de cierta suma perteneciente a la Casa Hudig. ¡Una necesidad ineludible! Pero él se juzgaba a sí mismo con la indulgencia con que hay que juzgar siempre las debilidades del genio. Él repondría aquel dinero, y todo continuaría como antes. Nadie saldría perjudicado, y él podría continuar su gloriosa ascensión hacia la meta en la que tanto soñaba: ¡llegar a ser socio de Hudig!