Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —Es un hombre fuerte e inteligente, muy sabio y astuto, y él guiará el buque de Vuestra Alteza rÃo arriba, y dirigirá la lucha si es preciso. Y si resulta algún muerto…, le acusaremos a él de ser el autor. Una vez a bordo se le puede armar con un fusil, por ejemplo…
—SÃ, sà —repuso Abdulah—, pero…
Hubo un silenció, y luego el prÃncipe, en voz muy baja, continuó:
—Pero Omar es lejano pariente mÃo, pertenece a nuestra religión, mientras que el otro es un cristiano que no puede vivir a mi lado. ¡SerÃa una mancha para mÃ, una mancha eterna! Además, ¿cómo puede vivir a mi lado, y precisamente con una mujer de nuestra raza, de nuestra religión? ¡SerÃa un escándalo, una abominación sin nombre! —Movió la cabeza y las manos vivamente, y añadió—: Y cuando ese hombre haya hecho todo lo que nosotros queramos y nos haya servido, ¿qué haremos con él?
Hubo un silencio. Lakamba se habÃa marchado un momento antes, y en aquel instante le vieron de nuevo sentado junto al fuego, mientras sus secuaces hablaban animadamente alrededor de las hogueras.
Al fin una ráfaga de vientecillo más fresco, que subió del rÃo y agitó un instante las ramas de los árboles, pareció sacarlos de su abstracción, y Abdulah dijo: