Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —¡Mucho cuidado, prÃncipe! ¡Mucho cuidado, tuan Abdulah! ¡Ese hombre, que está sucio como un cerdo, parece furioso!
—Yo respondo con mi cabeza de que a tuan Abdulah no le ocurrirá nada malo, como tampoco a usted —se apresuró a decir Babalatchi.
Y tocando respetuosamente en un codo al prÃncipe, que sonreÃa, los guió a todos hacia la puertecilla que separaba los dos huertos.
Dos árabes de la escolta de Abdulah cerraban la comitiva.
Cuando ya iban a entrar, Babalatchi creyó oportuno decir dirigiéndose al prÃncipe:
—Ahora veréis a los dos… El hombre blanco era esclavo del otro, de ese tuan Almayer de que antes hablábamos, y yo me propuse hacerle nuestro esclavo, sabiendo que es la forma de vencer al que era su jefe. Al principio no me hacÃa caso. Pero un dÃa… se enamoró, y entonces yo vi claro nuestro triunfo. Hice venir aquà a Omar y a la mujer que él ama, y el hombre vagó durante tres dÃas por los bosques como una pantera hambrienta. Esta tarde ha venido al fin, y aquà está.
Abdulah asintió en silencio, mientras Babalatchi añadÃa: