Un vagabundo de las islas

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Babalatchi se puso en pie vivamente, y varios mensajeros salieron en dirección a la casa del ciego Omar. Las mujeres de la veranda se movieron como un cañaveral agitado por el viento, y en la gran explanada se iniciaron varias conversaciones en voz baja, originando un extraño rumor. Mientras volvían los guerreros enviados en busca de Omar y de Willems. Lakamba, Babalatchi y Abdulah hablaban también en voz baja. Sahamin mascaba betel silenciosamente, mientras Bahassoen, con una mano apoyada en el mango de su alfanje, se paseaba cerca de la hoguera, entre la admiración o la envidia de los secuaces de Lakamba.

El mensajero que había ido a buscar al ciego regresó, mirando a Babalatchi desde lejos.

Éste salió a su encuentro y preguntó:

—¿Qué dice Omar?

—Me ha dicho que le dé la bienvenida a Seyd Abdulah, el gran príncipe, y que los espera.

Babalatchi hizo una señal y luego se acercó a Abdulah y a Lakamba, que hablaban de la próxima lucha.

—Vamos. Cuando queráis, príncipe —dijo—. Omar el Badavi nos espera, y así veremos también a ese hombre blanco tan fuerte y hábil. ¡Venid por aquí!

Lakamba dejó pasar delante a Abdulah y se creyó en el deber de advertirle:


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