Un vagabundo de las islas

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IV

Babalatchi vio a Abdulah atravesar el umbral de la casa del ciego, y después de escuchar los saludos del príncipe y de Omar llegó hasta sus oídos esta frase, pronunciada por Omar en un tono lloroso:

—Hubiera llevado con paciencia todas las desgracias del mundo, príncipe, ¡pero ésta! ¡La vista…! ¡Ah!

Los dos árabes del séquito de Abdulah se habían sentado junto a la puerta a una indicación de su señor, y Babalatchi se puso a vagar por el jardín.

Luego se sentó al pie del gran árbol. Hasta él llegaba el murmullo de la conversación que sostenían los dos hombres en el interior de la casa, pero no podía percibir las palabras claramente. Abdulah hablaba muy bajo, y Omar le contestaba en un tono lloroso que hacía imposible comprender lo que decía.

Babalatchi, mientras esperaba la salida del príncipe, pensaba en la empresa que iban a llevar a cabo. Estaba ya casi seguro del triunfo. Desde el momento en que vio a Abdulah, comprendió que aquel hombre era el que ellos necesitaban: valiente al mismo tiempo que sereno, audaz, seguro de sí mismo, poderoso, fanático de su religión, sin llegar a los límites de lo estrafalario o lo insensato… Y, sin embargo…


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