Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Una sombra pasó por el rostro de Babalatchi. Aquel prÃncipe tan poderoso, ¿no exigirÃa luego, en pago de su ayuda, una sumisión absoluta de los que iban a recibir sus favores y mercedes? Y Babalatchi conoció, en la vÃspera misma de su triunfo, esa gota de amargura y de dolor que acompaña a todos los éxitos y a todas las alegrÃas de la vida.
De pronto oyó ruido de pasos, y al levantar la cabeza vio a Willems que bajaba de la veranda al jardÃn. La luz del interior de la casa se filtraba a través de los intersticios de los tablones, y Babalatchi pudo distinguir de este modo a Aissa, que salÃa también tras su amante. Pero casi en el mismo momento desapareció.
Babalatchi se puso en pie de un salto, y en el acto la voz del hombre blanco gritó desde arriba:
—¿Dónde está Abdulah?
Babalatchi señaló la casa de Omar. Las voces habÃan cesado un momento antes, pero en aquel instante se oyeron de nuevo. Willems dijo:
—¡Avive esa lumbre! ¡Quiero verle a usted el rostro, saber quién es!
Babalatchi echó unos leños al fuego medio apagado que se veÃa bajo el árbol inmenso, y la llama brilló intensamente, iluminando al tuerto, que miraba a Willems con su único ojo.