Un vagabundo de las islas

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Y cuando Babalatchi buscaba de un modo instintivo la empuñadura de su alfanje entre los pliegues de su jaique, tuvo que sonreír al ver fijos en él los ojos extraviados de Willems. Turbado, murmuró:

—¡Ya veo que está usted bueno, señor, a Dios gracias!

—Sí, sí —contestó Willems con voz ruda y fuerte y en un tono que hizo estremecer a Babalatchi—, estoy bien… ¿Y usted?

Y al decir esto dio un salto y se acercó al tuerto, poniéndole ambas manos sobre los hombros. Babalatchi vaciló unos instantes, pero su rostro permaneció tan sereno como cuando estaba sentado ante el fuego. Después, de un vigoroso empujón, Willems lo arrojó a unos pasos de él, y acercándose a la hoguera extendió sus manos hacia las llamas. Babalatchi dio unos cuantos traspiés, y luego, recobrándose, se encogió de hombros de un modo a la vez rencoroso y admirativo, mientras pensaba:





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