Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas «¡Qué hombre, Señor, qué hombre! ¡Fuerte, valeroso, terrible! ¡Un hombre asÃ…! —Hizo una pausa mental y continuó—: ¡Un hombre asà podrÃa, si quisiera, levantar y derribar las montañas! —Permaneció un rato inmóvil, con los ojos fijos en la espalda de Willems, y luego continuó pensando—: Pero ¿por qué se muestra irritado conmigo? ¿Conmigo, precisamente, que sólo he buscado hasta ahora su bien? ¿No le ofrecà yo refugio a Aissa en mi propia casa? Porque ésta es mi casa, sÃ, mi propia casa».
Sin darse cuenta fue elevando la voz, hasta dirigirse al hombre blanco, que permanecÃa inmóvil:
—DÃgame, ¿por qué se muestra usted irritado conmigo? Yo sólo he buscado y deseado su bien. Yo le he brindado refugio a Aissa en esta casa, que es mi propia casa. Y yo hice esto por propio impulso, sin esperanza de recompensa, sólo porque comprendÃa que la infeliz necesitaba un sitio donde guarecerse. Y ahora usted y ella podrán vivir aquÃ. ¿Quién sabe lo que piensa una mujer, y mucho menos una mujer como Aissa? Supe que se querÃa marchar, y como no soy más que un pobre criado de Omar, me limité a decirle: «Si quieren que mi corazón se llene de alegrÃa, vengan a mi casa». Y aquà han venido. ¿He hecho bien?