Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —Si no quiero ¿qué?
—¡Oh!, que ella se marche de nuevo. ¡Quién sabe!
Willems se puso en pie de pronto, y Babalatchi retrocedió unos pasos instintivamente.
—Si ella llegara a marcharse, usted lo pasarÃa muy mal, Babalatchi —dijo el blanco en tono amenazador—. Ya le he dicho que le haré responsable, y en ese caso…
Entonces, Babalatchi habló desde la sombra con suave desdén:
—¡SÃ, sÃ! Ya me lo ha dicho usted antes. Si ella se marcha, yo seré el responsable… Pero si llegara a irse, ¿cree que volverÃa, tuan? Y en ese caso… ¡Bueno!, yo no dejaré de vigilar, y por mà no se irá, téngalo por seguro, pero si a pesar de todo se marchase, usted tendrÃa que vivir sin ella.
Willems lanzó una exclamación ahogada y retrocedió dos pasos, como un caminante que descubre de pronto un abismo a sus pies. Babalatchi se acercó a él con la cabeza algo inclinada, para mirarle con su único ojo. Y Willems murmuró:
—¿Acaso me amenaza usted?