Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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Lingard debía su fortuna a su pequeño bergantín, bautizado con el poético y expresivo nombre de Relámpago. Había llegado de un puerto de Australia, y al cabo de muy pocos años no había un solo hombre blanco en las islas, desde Palembang a Ternate, o desde Ombawa a Palawán, que no conociese al capitán Tom y a su bello y simpático barco. Su generosidad y su carácter campechano y abierto le hicieron pronto popular y querido, y aunque al principio la violencia de su temperamento, que se manifestaba en algunas ocasiones, había inspirado cierto temor, pronto se convencieron todos de que la cólera del capitán era inofensiva en el fondo. Entonces prosperó grandemente. Después de haber conseguido, en sus primeros meses de navegación por aquellos mares, rescatar el yate de un importante personaje, la popularidad del capitán Tom aumentó considerablemente. En unos cuantos años, su fama llegó a ser muy grande. Siempre visitando los puertos y las ensenadas más apartados de aquellas islas, siempre buscando nuevos mercados para los productos que se le confiaban —más que con ánimo de lucro, con un noble deseo de expansión para las mercancías—, pronto fue conocido por los malayos, y su bravura y feliz temeridad en varios encuentros con los piratas hicieron temible su nombre por todos aquellos mares. Todos los blancos que vivían por allí no tardaron en darse cuenta de que le halagaba la popularidad y de que no le desagradaba tampoco que le llamaran «malayo» a él también. Así, pues, cuando querían encomendarle algún asunto de interés, en vez de decirle «capitán Lingard» le llamaban, con cierta ironía, «rajá de Laut» o «Rey del Mar».


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