Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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II

Aquél era el viejo mar, el mar últimamente conocido por los europeos, que había perdido su infinito encanto de espejo eterno y sereno de un cielo siempre azul después que la codicia empujó a las primeras flotas de mercaderes desde las costas del mar Rojo a los países misteriosos de Oriente. El misterio que rodeaba a aquellos países había sido pronto revelado; y una multitud bárbara y atacada de la sed de oro se lanzó sobre aquellos mares poco antes desconocidos, en busca de riquezas.

Tom Lingard era un enamorado al mismo tiempo que un fiel creyente del mar. El mar le había abierto sus azules brazos desde su infancia, moldeando intensamente su cuerpo y su alma. El mar le había dado su soberbio aspecto, su voz grata y sonora, sus fieros ojos, su corazón cándido, noble y confiado, su absurda fe en sí mismo y su alteza de miras. Tom Lingard se había hecho rico en el mar y por el mar. Por eso lo adoraba con la constancia de un creyente y de un enamorado; lo conocía bajo todas sus formas, lo temía con el discreto temor del hombre prudente, y sentía por él la honda gratitud de un corazón noble.



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