Un vagabundo de las islas

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—Me ha suplicado que matara al hombre blanco. Incluso me ha llegado a rogar que lo matase inmediatamente —comentó Abdulah, reanudando la marcha.

—Siente la impaciencia de los que ven acercarse la muerte, príncipe.

—Omar vivirá conmigo de aquí en adelante, cuando… Pero, bueno, eso es secundario. Debes recordar mis órdenes, que son terminantes. Ese hombre debe estar aquí en completa seguridad, ¿comprendes?

—Le respetaremos como si fuera la sombra de Vuestra Alteza, señor —contestó Babalatchi en tono solemne. Y llevándose una mano a la frente, se inclinó para dejar al príncipe que pasara delante.

Al aparecer en la gran explanada, los murmullos cesaron y todos los rostros se volvieron hacia el príncipe, que avanzaba con majestuosa lentitud. Lakamba se aproximó a él, pero sus ojos estaban fijos en Babalatchi, que le tranquilizó con una leve inclinación de cabeza.

Lakamba, con una amplia sonrisa, preguntó a Abdulah si prefería tomar algún alimento o retirarse sencillamente a descansar. Señalando la casa, no se cansaba de repetir que Abdulah podía disponer de todo cuanto en ella había. Pero el príncipe le cogió la mano derecha, se la llevó al pecho y le dijo en un imperceptible murmullo que sus costumbres eran castas y que su temperamento le inclinaba a la melancolía.


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