Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas No; no deseaba descansar ni tampoco tomar ningún alimento. Tenía prisa por marcharse, y aunque esto disgustaba a Lakamba, la exquisita urbanidad del jefe oriental supo disimular su enojo, y comenzó a dar órdenes.
Pronto se notó una gran actividad a orillas del río. Hasta la explanada llegaron voces de mando, gritos y órdenes. Las antorchas, despidieron más humo que claridad, brillaron entre la arboleda, y el propio Babalatchi, congestionado por la carrera, subió a decir que los botes estaban dispuestos y esperaban a Su Alteza.
Abdulah descendió las escaleras precedido por varios guerreros y seguido de Lakamba y su estado mayor. El príncipe, envuelto en su inmaculada túnica, semejaba una aparición. Al llegar al desembarcadero se detuvo un instante para despedirse de Lakamba y de sus amigos. De sus labios brotaron mil palabras deseando felicidad, salud y contento a todos sus aliados y fortaleciéndolos en la esperanza. ¡El triunfo los aguardaba! Después, ya en la barca, se inclinó hacia la orilla para hablar en voz baja a Lakamba y a Babalatchi: «Antes de que el sol se levante dos veces en el horizonte nos volveremos a encontrar, hermanos míos, y mi buque habrá remontado las aguas de este río…».
Luego, el príncipe se sentó en una especie de trono hecho de cojines de seda, y los remos hendieron el agua.