Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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Ella levantó lentamente los brazos, los apoyó en los hombros de Willems y cruzó las manos en la espalda de éste. Luego inclinó hacia atrás la cabeza, sus párpados se entornaron y su espeso cabello quedó colgando como una masa de ébano que brillara al resplandor del fuego. Él permaneció inmóvil bajo el abrazo, tan firme como uno de los grandes árboles del bosque que los rodeaba en aquel momento; sus ojos miraban su barbilla, el contorno de su rostro, las bellas líneas de su seno, con la misma expresión hambrienta de un vagabundo que contemplase un montón de víveres o un humeante plato de comida. La muchacha se ciñó aún más a él, y luego apoyó la cabeza en su pecho. Willems suspiró. Entonces Aissa, con las manos apoyadas todavía en los hombros de él, levantó la vista al cielo tachonado de estrellas y dijo:

—La noche acabará pronto. Nosotros pasaremos el resto de ella al lado de este fuego. Y al lado de este fuego tú me irás contando todo lo que le has dicho a Seyd Abdulah y lo que él te ha propuesto. Y así, escuchándote, olvidaré estos tres días, porque soy muy buena. Dime, ¿no soy muy buena?

Él afirmó lenta y dulcemente, y entonces la muchacha se alejó hacia la gran casa del fondo.


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