Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Mientras decía esto había continuado avanzando hacia su amado. Willems permaneció inmóvil. Aissa llegó al fin junto a él, y, poniéndose de puntillas para mirarle a los ojos, le contempló con una expresión dulce, acariciadora y llena de promesas. Aquella mirada de Aissa se apoderó por completo del alma de Willems, de cuyo rostro desapareció la más leve chispa de razón, para ser remplazada por una expresión de beatitud y bienestar que se acercaba al éxtasis: éxtasis en el que parecieron desvanecerse y borrarse al fin todos los dolores, las angustias y las dudas de Willems en aquellos últimos días de prueba. Completamente inmóvil, respirando apenas, permaneció largo rato aspirando con inmensa delicia el perfume de aquel exquisito contacto.
—¡Acércate, acércate! —murmuró al fin.