Un vagabundo de las islas

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La voz de Aissa, que repetía su pregunta con impaciencia, interrumpió sus pensamientos. Willems levantó la cabeza y miró el pálido rostro de la muchacha, que relucía al resplandor del fuego. Entonces, obediente a la voz de la mujer querida, empezó a hablar lenta y penosamente, como un soplo levísimo. Aissa, inclinada sobre él, con el rostro muy cerca de sus labios, escuchaba absorta, interesada en grado sumo, en una inmovilidad absoluta. Los ruidos que llegaban de la gran explanada, al otro lado de la valla, iban muriendo uno a uno, porque el sueño hacía callar todas las voces y cerraba los ojos de los indígenas. De pronto, una voz gutural comenzó a canturrear las estrofas cadenciosamente. Willems se movió, intranquilo. Aissa le puso una mano en la boca, obligándole a callar súbitamente. Se oyó una leve tos; luego, un murmullo de hojas secas, y al fin se hizo el silencio, un silencio frío, lúgubre, profundo, parecido a la muerte. Tan pronto como ella quitó la mano de su boca, Willems se apresuró a seguir hablando, pues le era insoportable aquel profundo silencio, en el cual sus pensamientos parecían cantar al ritmo de una extraña marcha fúnebre.

—¿Quién hacía ese ruido? —preguntó.

—No sé —repuso Aissa evasivamente—. Ya se ha marchado. Dime, ¿verdad que no volverás a tu patria sin mí? Y si te marchas, me llevarás. ¿Me lo prometes?


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