Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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—Ya te lo he prometido. Por lo demás, yo no tengo patria. ¿No te he dicho ya que tú eres todo para mí?

—Sí, sí, ya lo sé —contestó la muchacha lentamente y con voz apenas perceptible—, pero me gusta oírtelo de nuevo, cada día, a cada instante, siempre que yo te lo pregunte… Y no quiero que te disgustes porque te lo repita una y mil veces. Tengo miedo de las mujeres blancas, que son descaradas y audaces y que miran con ojos altivos y feroces.

Frunció levemente el ceño, mirando a Willems con sus ojos hondísimos, como si quisiera adivinar lo que sentía. Luego preguntó:

—¿Son muy hermosas vuestras mujeres?

—No sé —contestó Willems pensativo—. Pero si lo hubiera sabido, si me hubiesen parecido hermosas, mirándote a ti las habría olvidado.

—¡Olvidado! ¡Y tú dices eso, cuando durante tres días y dos noches me has olvidado a mí también! ¿Y por qué? ¿Por qué te pusiste tan colérico la primera vez que te hablé de tuan Abdulah, cuando vivíamos a orillas del torrente? Sin duda tú recordabas a alguien entonces, a alguien de tu país. ¡No me mientas! Yo conozco tu corazón. Tú, a pesar de ser blanco, odias a los de tu raza, tienes el pecho lleno de rencor. Yo te conozco bien. Por eso no puedo creerte cuando dices que me quieres. Y tengo miedo.


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