Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Willems, sintiéndose halagado y molesto al mismo tiempo por aquellas palabras, y extrañado, además, de la vehemencia con que habÃa hablado la muchacha, contestó:
—Bueno, olvÃdalo todo. Ya ves que ahora estoy a tu lado. He vuelto. Tú fuiste la que te marchaste. No temas ya nada.
—Cuando tú ayudes a tuan Abdulah a luchar contra el rajá Laut, ya no temeré nada.
—¡Te amo, Aissa! No tienes que temer nada. Mi corazón está lleno de amor por ti. Y yo quiero que me creas cuando te juro que no ha habido ninguna mujer en mi vida antes que tú.
Ella le interrumpió con voz apasionada y de un modo impulsivo:
—Dime, Willems, ¿de dónde viniste? ¿Cómo es tu patria, esa tierra que está al otro lado del gran mar? Me figuro que es una tierra llena de mentiras y desgracias, una tierra de donde sólo vienen tristezas y calamidades para nosotros, que no somos blancos. ¿No me decÃas al principio que querÃas que me marchara allà contigo?
—Ya no te lo diré nunca más.
—Dime, ¿no te espera allà ninguna mujer?
—¡No! —repuso Willems con firmeza.
Entonces ella se inclinó hasta rozar con su pelo las mejillas de Willems, y murmuró: