Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas La joven le sintió temblar, y comenzó a murmurar una letanía de dulces palabras, mientras estrechaba la cabeza de Willems contra su pecho. Aquel abrazo tan suave, tan tierno, hizo que Willems sintiese de nuevo la inmensa paz que invadía su espíritu cuando estaba al lado de Aissa. Era una sensación sedante y dulcísima. Y murmuró:
—Aissa, debes de estar cansada.
La joven contestó en voz tan baja que parecía un suspiro:
—Esperaré hasta que tú te duermas, amor mío.