Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Willems permaneció entonces inmóvil, con la cabeza apoyada en el pecho de ella y escuchando el latido del corazón de la mujer amada. Era un sonido ligero, rápido, persistente. Y aquel ruido que resonaba contra su mejilla le daba a Willems la sensación de una propiedad absoluta. Indiscutible, fortaleciendo su creencia de que poseía a aquel ser humano tan firme, tan fuerte, que hacía pensar en la felicidad de los hombres futuros o de los que vivieron en la Edad de Oro. Willems ya no sentía dudas, ni dolores, ni vacilaciones. ¿Los había sentido alguna vez? El recuerdo de sus angustias pasadas le parecía algo vago, lejanísimo, que se desvanecía entre las brumas de un sueño. La angustia, los sufrimientos y la lucha de los pasados días, la humillación y la cólera de su terrible caída, todo aquello no era ni más ni menos que una espantosa pesadilla, el producto de un sueño quimérico y horrible que se había alejado sin dejar rastro, para dar paso a la única verdad de su vida, que era ésta: la suave inmovilidad con que su cabeza reposaba en el pecho de la mujer amada, en aquel corazón cuya marcha tenía un ritmo tan firme y tan sereno.