Un vagabundo de las islas

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Willems estaba completamente despierto, en esa especie de desvelo que sigue a los instantes de breve sueño irresistible, y sus ojos, muy abiertos, miraban de un modo distraído la puerta de la casa de Omar. Los rojos muros de adobes relucían bajo el resplandor de la hoguera, cuyo humo formaba círculos y espirales que se perdían luego en el cielo de la noche.

De pronto Willems se estremeció, pero tan ligeramente que ni siquiera Aissa se dio cuenta de ello. En aquel instante le había parecido a Willems descubrir algo extraño entre las sombras: una cabeza que salía de la oscuridad, una cabeza sin cuerpo. Pálida, con los ojos cerrados, la tez curtida y llena de arrugas y una larga barba blanca que debía de llegar al pecho invisible de su dueño. La cabeza iba de un lado a otro silenciosamente, más allá del círculo de luz que trazaban las llamas. Luego pareció acercarse lenta y sigilosamente. Willems creyó hacer un nuevo descubrimiento no menos turbador: detrás de aquella cabeza, que no levantaba más de un palmo del suelo, y que se arrastraba hacia él, creyó vislumbrar un cuerpo sumido en las sombras. El rostro ciego de aquel anciano se acercaba, se acercaba… Y Willems sintió que se le erizaban los cabellos: aquello no era sueño; aquel rostro era el del ciego Omar, el padre de Aissa. Pero ¿a qué iba allí y en aquellos instantes?


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