Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Pero ¡ah!, la felicidad de Willems era tan grande, el abandono a su dicha tan absoluto, que no podía contestarse a esta pregunta. Rechazó la idea y continuó escuchando con sublime deleite el ritmo cadencioso del corazón amado, que parecía llenar el majestuoso silencio de la noche. Al mirar hacia arriba vio la cabeza de Aissa inmóvil, sus hermosos ojos fijos en él con un leve brillo de ternura, y sus largas pestañas que proyectaban una suave sombra en sus mejillas. Bajo la caricia de aquella mirada, todos los terrores y todas las inquietudes de Willems parecieron borrarse de un modo repentino, y se sintió como sumido en un tibio sueño de dulzura y de serenidad, igual al que experimentan los que toman una fuerte dosis de opio.