Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Willems sintió un golpecito en un costado. Aquel contacto, ligero como la caricia de la mano de una madre en la mejilla de un niño dormido, tuvo para él la fuerza de un golpe terrible. Omar se había acercado hasta situarse junto a Willems. En una de sus manos esgrimía el puñal, mientras que con otra intentaba palpar el cuerpo de su enemigo. El rostro del ciego, con su eterna inmovilidad de piedra, estaba vuelto hacia el fuego. Haciendo un gran esfuerzo, Willems levantó entonces un poco la cabeza y miró a Aissa. La joven estaba inmóvil, como si fuera un árbol más, una planta más del bosque inmenso que los rodeaba. Pero de pronto las manos de la muchacha aprisionaron rudamente los brazos del hombre, sujetándolo con fuerza. ¿Qué era aquello? Por un segundo, el asombro paralizó al infeliz. Luego experimentó un dolor horrible, agudísimo, espantoso, al comprender la verdad: ¡ella, Aissa, estaba ayudando a su padre…! Sintió que el corazón se le hacía pedazos; cerró los ojos y apoyó la cabeza en las rodillas de la mujer amada, experimentando un dolor tan grande que le parecía no sentir nada. ¡Nada! Era como si Aissa hubiese muerto, como si el corazón de la muchacha se hubiera esfumado en la noche, abandonándole a él, indefenso y solo, en un mundo desierto.