Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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Se hallaba prisionero de la garra del miedo, de un miedo cerval, hondísimo, que le había quitado en un instante toda voluntad y todo poder de pensar, de resistir, de moverse… No era precisamente el miedo a la muerte lo que le había paralizado de un modo tan absoluto, ya que antes había afrontado grandes peligros; era la forma particular de aquella muerte. No, no era el miedo a la nada o al peligro, ya que sabía muy bien que un leve movimiento, un solo paso, bastaría para ponerle fuera del alcance de la torpe mano del ciego, de aquella mano que entonces se deslizaba cautelosamente sobre la tierra, creyéndose invisible, buscando el cuerpo de Willems… Era el miedo que no razona, y que nacía de vislumbrar, como a la luz de un vivísimo relámpago, infinidad de cosas, de sentimientos, de impulsos y motivos que hasta entonces habían estado ocultos para él en el fondo del corazón de aquellos hombres a los que tanto había despreciado y junto a los que había vivido tanto tiempo sin comprenderlos y sin conocerlos. No era el miedo a la muerte lo que le llenaba de espanto: era la idea de una vida como la que había llevado en los últimos tiempos, de hombre extraviado, sin rumbo, sin norte; una vida en la que no se comprendía nada, en la que no comprendía a nadie, ni a sí mismo; una existencia lamentable de paria en aquel país hostil y odioso.



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