Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Willems se detuvo de pronto, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo, como si las palabras de la mujer le hubieran petrificado. Luego, Aissa, como si estuviese arrepentida de su violencia, comenzó a luchar con su padre. Willems miraba la escena con los ojos muy abiertos, horrorizado y aturdido. ¿Cómo definir la conducta de aquella mujer, que entonces parecía defenderle? Willems contemplaba la lucha con una especie de alegre ferocidad, con una siniestra satisfacción interior. Estaba a la vez horrorizado y agradecido, pronto a ayudar a la muchacha y a huir. Al principio no había podido moverse, y ahora que podía dudaba… Le inmovilizaba una fuerza misteriosa, pues quería ver lo que sucedía, cómo terminaba la lucha. Y pudo ver cómo Aissa, haciendo un gran esfuerzo, levantaba el cuerpo inanimado de su padre, que parecía sin vida, cargaba con él y se lo llevaba hacia la casa. Willems permaneció inmóvil, con los ojos llenos aún de la terrible imagen de aquella cabeza que colgaba de un hombro de la muchacha con la mandíbula inferior colgante, la boca entreabierta y el aspecto de un cadáver.
Al cabo de algún tiempo oyó la voz de la joven, que hablaba en un tono brusco, en el interior de la casa. Otra voz le contestaba, también ásperamente, hasta que Aissa exclamó a gritos:
—¡No! ¡No, nunca!