Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Willems oÃa la voz de la joven, que hablaba con inusitada violencia.
Y tras un quejumbroso murmullo de súplica, proferido por alguien que hacÃa un esfuerzo supremo para hablar, se oyó un hondo suspiro. La voz de la muchacha añadió con firmeza:
—¡Nunca, nunca! Antes me dejarÃa matar…
Después, Willems la vio aparecer de nuevo en el umbral, detenerse un momento, jadeante, y al fin acercarse otra vez al fuego. Tras ella, atravesando la oscuridad como dardos invisibles, llegó de la explanada una serie de maldiciones, llamando todas las cóleras del cielo sobre la cabeza de la muchacha, en tono cada vez más alto, con gritos penetrantes, repitiendo la maldición una y otra vez, hasta que la voz se rompió en un grito apasionado, que terminó a su vez en un ronco murmullo, como un largo suspiro. La muchacha se situó frente a Willems, con una mano en la espalda y la otra levantada imponiendo silencio: y en aquella actitud, inmóvil y con la cabeza algo ladeada, escuchó hasta que se hizo el silencio y todo quedó en calma dentro de la casa. Entonces continuó avanzando hacia Willems, mientras su mano descendÃa lentamente en el aire.
—Todo son desgracias —murmuró en un tono extraño, como si hablara consigo misma—: todo son desgracias para los que no somos blancos.