Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas La cólera y la excitación habían desaparecido por completo de su rostro, que tenía una expresión serena. Sus ojos, fijos en Willems, le miraban de un modo muy triste.
Willems, haciendo un gran esfuerzo, se recobró y logró decir en un tono atropellado y violento:
—¡Aissa…! ¿No comprendes que no puedo vivir aquí? ¡Créeme, cree en mí! ¡Vámonos de este sitio maldito, lejos, muy lejos! ¡Vámonos…, tú y yo!