Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Willems se había ido acercando a la joven con los brazos abiertos, mientras las palabras brotaban de sus labios de un modo incongruente y veloz. Entonces, Aissa retrocedió, calculando la distancia que los separaba, mirando al hombre cara a cara y gozándose en fomentar a la vez sus anhelos y esperanzas y el disgusto por aquella huida de la mujer amada, envolviéndolo en una mirada hondísima de sus ojos inmensos y negros como el ébano… Así llegaron a un sitio en donde las sombras parecieron tragarse a Aissa, ocultándola con su manto protector. Willems la veía de un modo vago, gracias sólo a su túnica blanca. Él la siguió paso a paso, hasta que por último ambos se detuvieron, quedando frente a frente bajo el gran árbol del huerto. El solitario del bosque, como un desterrado, grande, inmóvil y solemne en su abandono, aislado por el paso de los años de todos aquellos pigmeos que habían ido brotando a sus pies, se elevaba, alto y fuerte, sobre sus cabezas. Parecía contemplarlos, desapasionado e imponente, desde su solitaria grandeza, extendiendo sus grandes ramas en un ademán de sublime protección, como si quisiera esconderlos en el sombrío refugio de sus innumerables hojas, como si, movido por una despectiva compasión de su fuerte naturaleza, por su desdeñosa piedad de viejo gigante, quisiera ocultar a la curiosidad y a la vista de las estrellas, que relucían en un cielo muy puro y muy alto, la lucha secreta, a la vez dulce y terrible, de dos corazones humanos.