Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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Willems vio que la muchacha hacía un vago movimiento con su brazo derecho, y en el mismo instante algo indefinible, un objeto silbante, pasó a su lado, yendo a chocar contra el suelo cerca del fuego. Instintivamente, el hombre se volvió para mirar. Entonces pudo ver un cuchillo curvo, una especie de cimitarra pequeña sin funda, que relucía junto a las cenizas que rodeaban la hoguera. Sin pensar en lo que hacía fue a recoger el arma; pero luego se detuvo, con el lamentable y humilde movimiento de vacilación de un pordiosero que recibe una limosna a orillas de un camino. ¿Era aquélla la respuesta a su ruego tan ardiente, a las cálidas y fogosas palabras salidas de lo más profundo de su corazón? ¿Contestaba Aissa a aquellos suspiros de su alma, a aquellas frases encendidas, con un arma, con una cosa material, despreciable, un objeto de madera y de acero? Al fin lo cogió por la hoja y lo contempló largo rato, arrojándolo luego a sus pies. Después, girando en redondo, quedóse pensativo, con la vista perdida en la sima negra de la noche, una noche inmensa, profunda y callada: un mar de tinieblas en el cual había desaparecido la mujer querida sin dejar rastro.

Por último avanzó unos cuantos pasos, extendiendo ambas manos hacia delante, con la angustia de un hombre repentinamente cegado.

—¡Aissa! —exclamó a media voz—. ¡Ven conmigo! ¡Ven en seguida!


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