Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas ¡Ah, poder estrechar el cuerpo querido, poder hablar con ella mientras sus brazos la apretaban dulcemente contra su pecho, bajo la mirada de sus ojos negrísimos, cerca, muy cerca su rostro del de ella! Su inmensa ternura por la muchacha hacía que la buscara obstinadamente, venciendo su miedo, deseando hablarle en el único lenguaje que les era común a ambos, aquel dulcísimo lenguaje sin palabras que era el lenguaje de los sentidos, seguro de que entonces le entendería y podría obtener de ella la satisfacción de todos sus deseos… Y de nuevo llamó, alzando más la voz, que entonces tenía un leve temblor de ansiedad y de impaciencia:
—¡Aissa!
Escudriñó las tinieblas, mirando a un lado y a otro, aunque sin ver nada, sin oír nada.
Al cabo de unos instantes, la oscuridad pareció rasgarse un tanto ante sus ojos, como una cortina que permitiera ver los movimientos pero no la forma exacta de las cosas, y Willems pudo oír unos pasos ligeros y luego el ruido seco y breve de la puerta que comunicaba el huertecillo con la gran explanada de la casa de Lakamba. Entonces avanzó hacia allí, y al llegar a la valla oyó estas palabras, pronunciadas con voz casi imperceptible:
—¡Pronto, pronto! ¡Vamos!
Luego se oyó el ruido seco de la tranca que aseguraba la puerta al otro lado.