Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Willems sintió que su corazón se rompÃa. Y apoyando ambas manos contra la empalizada de madera, murmuró con voz ahogada a través de una grieta de los tablones:
—¡Aissa, Aissa! ¿No me oyes? ¡Ven, ven a mÃ! ¡Yo haré todo lo que tú quieras, todo lo que tú me digas, aunque me ordenes que prenda fuego a todo Sambir y lo apague luego con sangre! ¡Pero ven conmigo, vuelve a mÃ! ¡Vuelve ahora, en seguida! ¿Estás ahÃ? ¿No me oyes? ¡Ah, Aissa querida!
Al otro lado de la valla se oyeron murmullos asustados de mujeres; luego, una risotada súbitamente interrumpida y una voz femenina que decÃa:
—¡Muy bien dicho!
Después de un corto silencio, la voz de Aissa gritó:
—¡Descansa en paz, porque pronto vas a marcharte! Ahora tengo miedo de ti. Me da miedo tu terror. Cuando vuelvas con tuan Abdulah, tú serás grande. Y entonces me encontrarás aquÃ. Y sólo tendré amor para ti. ¡Sólo amor! ¡Amor siempre! ¡Hasta que nos muramos!