Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Willems sintió el rumor de las pisadas que se alejaban precipitadamente al otro lado de la valla, y anduvo dando traspiés hasta apoyarse en otro tablón, unos metros más allá, enmudecido de espanto, lleno de cólera contra aquella mujer salvaje y encantadora que se había apoderado de su corazón. En aquel instante, la tierra, el cielo, el aire mismo, parecieron faltarle, y sintió la angustia insoportable de los momentos en que el suelo se hunde bajo nuestros pies, como si fuéramos a morir. Odiaba la vida, y odiaba a aquella mujer que tanto le hacía sufrir. Pero no tenía fuerzas para apartarse de aquella puerta a través de la cual había pasado la mujer querida. Al fin se alejó, vacilando, pero volvió otra vez junto a la valla, de la que no podía separarse por el secreto hechizo que sobre él ejercía, misteriosamente, la mujer adorada. Hizo otro esfuerzo para huir y se alejó unos pasos, pero volvió de nuevo al mismo sitio, mudo, obediente y furioso. Y bajo las ramas enormes y protectoras del árbol gigante y solitario, Willems comenzó a agitarse locamente, como un grano de polvo arrastrado por el vendaval; y así estuvo, cayendo y levantándose, durante mucho tiempo, siempre cerca de aquella puerta por la que había desaparecido la mujer amada. Al fin, en el silencio solemne de la noche, sólo se oyeron los golpes leves y secos que producía el cuerpo del infeliz, el cual, obstinado y sin esperanza, se alejaba y volvía una y otra vez a aquella valla y a aquella puerta, como un hombre embrujado, fascinado, que no pudiera salir de la órbita de un terrible círculo mágico.