Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —SÃ, sÃ, no me diga usted nada: un gato, un perro, un animal cualquiera, por dañoso y perjudicial que fuese, lo harÃa a usted feliz y dichoso. Y si encontrara a un tigre medio muerto serÃa usted capaz de cuidarlo, criarlo y atenderlo como a una persona. ¡Vamos, por Dios! A usted no le importan las consecuencias con tal de proteger a cualquier animalucho, a cualquier pobre diablo… ¡Deje usted que los despedacen o que se los coman, hombre de Dios! Su piedad por las vÃctimas de no importa qué catástrofe o desgracia no reconoce lÃmites, capitán. Y no se puede ser asÃ, no se debe ser asÃ. Su tierno corazón se impresiona y sangra por cualquier criatura que sufre. Yo maldigo el dÃa en que puso sus bondadosos ojos sobre ese hombre. ¡Yo lo maldigo, se lo aseguro!
—¡Ah!, pero entonces no era asà —murmuró Lingard.
Almayer, que habÃa hablado ahogándose, congestionado y nervioso, dio un largo suspiro y continuó: