Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —¡Siempre ha sido asÃ, capitán! ¡Siempre! Desde que yo le conozco. ¿No recuerda aquel perro medio muerto de hambre que llevó usted en sus propios brazos a Bangkok, a bordo de su buque? Al dÃa siguiente rabió… Supongo que no dirá que ha olvidado ese episodio, ¿verdad? Y ahora, otro. ¿Y qué alega? ¡Que si las mujeres y los hijos de esos pescadores…! Y usted desvÃa la ruta de su barco, y se expone a un percance serio, para recoger a esos pescadores chinos de un junco con averÃas en el estrecho de Formosa. ¡Bonito negocio! Ya conoce a esos individuos, casi todos los cuales son piratas o bandidos peligrosos. ¡Un mal negocio, se lo digo yo! Antes de cuarenta y ocho horas esa gente le habrá jugado a usted una mala pasada. Si no hubieran sido un hatajo de canallas, no habrÃa tenido necesidad de exponer su barco para salvarlos. Y usted ha arriesgado su buque, y la vida de su tripulación y su propia vida, por esos bergantes. ¿No es eso una locura, capitán?