Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas »Además, no ha obrado con entera lealtad. Imagínese por un instante que usted y su gente hubieran perecido en el trance. ¿Y entonces…? Entonces yo me hubiese visto metido en un callejón sin salida, aquí, solo con su ahijada. Su deber era pensar primero en nosotros. Yo me casé porque usted prometió que me ayudaría a hacer fortuna. Usted lo recordará lo mismo que yo. Y luego, a los tres meses, se mete en este negocio, en este mal paso, mejor dicho, por esa caterva de chinos, esas gentes inciviles. ¡Chinos! Eso no es tener moralidad. Y yo me veré arruinado a causa de esa pandilla de granujas, que, después de todo, debía haber sido arrojada de cabeza al agua por los hombres de su barco. ¿Es eso un negocio honrado?
—¡Bueno, bueno! —murmuró Lingard nerviosamente, mascando la colilla de su cigarro y tirándolo luego, al tiempo que miraba a Almayer con ceño fruncido.
Almayer, que golpeaba con un pie el suelo de la veranda, miraba al capitán como miraría un pastor a su oveja favorita que de pronto se hubiese vuelto rabiosa y rebelde. Parecía desconcertado y daba muestras de una cólera desdeñosa, al mismo tiempo que se sentía divertido y un poco ofendido y molesto. Tenía una expresión entre zumbona y grave.
De pronto, cruzando los brazos sobre el pecho e inclinando el cuerpo hacia delante, Almayer añadió: