Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —¿No llevo razón? ¡Usted piense, piense! Yo me habrÃa encontrado entonces en un mal paso, y todo a causa de su famoso salvamento. Y, sin embargo, yo no le guardo rencor, capitán. Conozco su debilidad. ¡Pero cuando pienso en ello! Y lo cierto es que ahora estamos arruinados, completamente arruinados. ¡Mi pobre Nina! ¿Qué será de ella?
Se dio una terrible palmada en un muslo, luego dio unos pasos desordenados y al fin cogió una silla, la puso ante Lingard y se sentó, mirando al capitán con ojos feroces. El capitán, sosteniendo la mirada con firmeza, rebuscó en sus bolsillos, encontró al fin un puro, lo encendió lentamente, mordiendo y arreglando la punta entre sus dientes de lobo de mar, y luego, sin apartar ni un segundo sus ojos de Almayer, lanzó una nube de humo espeso y oloroso y dijo:
—¡Ah, ah! Si usted se hubiera visto en los trances en que me he visto yo, amigo mÃo, no se pondrÃa asÃ. He estado arruinado más de una vez, y, sin embargo, aquà me tiene usted.
—SÃ, sÃ, ya le veo, ya le veo —repuso Almayer con inmensa ironÃa—. Pero me tiene sin cuidado. Si hubiera estado aquà hace un mes, me habrÃa podido servir de algo, pero ahora… Por mÃ, podrÃa usted estar a mil millas…
—Habla y refunfuña usted como una pescadera borracha —comentó Lingard serenamente.