Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Al decir esto, el capitán se acercó lentamente a la barandilla del bungalow. El piso de madera y la casa toda se estremecieron bajo sus pisadas. Por unos instantes contempló el rÃo y los campos vecinos, dando la espalda a Almayer; luego, volviéndose hacia el dueño de la casa, dijo en otro tono:
—Todo esto está muy solitario, ¿verdad?
—¡Ah!, lo nota usted, ¿eh? ¡Ya lo creo que está solitario, capitán Lingard! Hoy es como un dÃa de fiesta en Sambir. Además, aquà ya no nos quieren. Hace un mes, este bungalow habÃa estado lleno de gente procedente de los sitios más apartados de la isla, y hubiéramos visto a esa gente haciendo mil reverencias ante usted y ante mÃ. Pero nuestra hora ha pasado, amigo mÃo, y no por culpa mÃa, precisamente. No puede usted acusarme de ello. Todo se lo debemos a ese pillo que era su favorito. ¡Ah, si le hubiera visto al frente de aquella multitud infernal! ¡Entonces sà que se hubiese sentido orgulloso de él, capitán!
—Ese hombre es muy listo —murmuró Lingard pensativamente.
Almayer dio un respingo y dijo casi a gritos:
—¡Vaya! Eso es todo lo que se le ocurre decir, ¿no? ¡Que ese hombre es muy listo! ¡Oh, Dios!