Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —No pretendo hacer un retrato exacto de él, Almayer. Sentémonos. Podemos hablar con toda calma. Quiero que me diga usted todo lo que ha hecho ese individuo, conocer todos los detalles. AsÃ, ¿era él quien dirigÃa a las turbas?
—¿Él? ¡Ya lo creo! Él era el alma de todo. Él pilotaba el barco de Abdulah y mandaba a unos y a otros, dirigiéndolo todo —contestó Almayer, sentándose de nuevo con aire resignado y triste.
—¿Y cuándo fue eso exactamente?
—El dÃa 16 llegaron a mà los primeros rumores de que el barco de Abdulah habÃa entrado en el rÃo, cosa que, la verdad, me resistà a creer al principio. Pero al dÃa siguiente ya no pude dudarlo: me enteré de que en la casa de Lakamba se estaba celebrando una gran asamblea pública, a la que concurrÃan todos los personajes y la mayor parte de las gentes de Sambir. El dÃa 18, el Señor de las Islas estaba anclado ante Sambir, casi a la vista de mi misma casa. AsÃ, pues, es fácil calcularlo… SÃ, hoy hace exactamente seis semanas.
—¿Y todo eso ocurrió asÃ, de repente? ¿No habÃa oÃdo usted hablar antes de nada, no tuvo ningún aviso, ninguna noticia, aunque fuera confidencial? ¿No sospechó, Almayer, que se tramaba algo en la sombra?