Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —¿Cómo? ¿Que si habÃa oÃdo algo? ¡Claro que habÃa oÃdo! Todos los dÃas se oÃan aquà mil historias. La mayor parte eran mentiras y fantasÃas, las cuales abundan en Sambir.
—¡Ah! Si es asÃ, las cosas varÃan. No debió usted creer que eran mentiras y fantasÃas lo que decÃa la gente del paÃs, Almayer. ¡Ahora resulta que se ha dejado usted engañar como un chiquillo!
Almayer se removió en su silla y repuso:
—Ese granuja, ese canalla, apareció aquà un dÃa. Cuando vino, hacÃa cinco semanas que se habÃa ausentado de la casa. HabÃa estado viviendo con esa mujer. Yo sólo supe de él lo que me dijeron las gentes de Patalolo… Pero, como le digo, un dÃa, alrededor de las doce, cuando Ãbamos a comer, apareció en el huertecillo que rodea mi bungalow. TenÃa un aspecto horrible, como si acabara de salir de los mismÃsimos infiernos…, donde debió de nacer.
Lingard, que escuchaba con atención, se quitó el puro de la boca y lanzó una lenta nube de humo a través de sus gruesos labios. Almayer continuó tras una corta pausa, sin dejar de mirar al suelo pensativamente:
—Miraba de un modo tan terrible y extraño que pensé que tenÃa la malaria o cualquier otra fiebre. La orilla izquierda del rÃo es muy insana; solamente la parte alta es más habitable…