Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —SÃ, él vino a verme aquÃ. Y ya ve usted lo que son las cosas; a pesar de lo insanas que son estas tierras, no pudieron acabar con ese canalla. Como le iba diciendo, aquà se presentó, con toda su desvergüenza. Quiso meterme miedo, amedrentarme, e incluso llegó a amenazarme, aunque de un modo vago. QuerÃa asustarme. ¡A mÃ, capitán! Llegó en su desfachatez a decirme que usted aprobarÃa todo lo que él hiciese. ¡Usted! ¿Concibe un descaro más grande? Yo no pude adivinar exactamente lo que se traÃa entre manos. De haberlo sospechado siquiera le hubiese roto la cabeza. Pero ¿cómo querÃa que yo adivinara que aquel hombre fuese capaz de pilotar un buque a través de ese estrecho tan peligroso? Yo podÃa haberme puesto de acuerdo con las gentes de aquÃ, pero luego vino el barco de Abdulah, que está armado. Dicen que lleva bastantes cañones, doce o quince morteros y más de treinta hombres de tripulación. ¡Y qué tripulación! Mendigos e indeseables de Delhi y de Atyeh, gente que nada tiene que perder, desde luego, acostumbrada a luchar todos los dÃas.
—SÃ, ya sé, ya sé —le interrumpió Lingard en tono impaciente.