Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Lingard, que habÃa escuchado hasta entonces atentamente, comenzó a pasear con lentitud por la veranda. Almayer cesó de hablar, y siguió con la mirada al capitán, que se movÃa con rÃtmico balanceo, como si estuviera todavÃa a bordo, sin cesar de retorcerse su blanca barba de un modo distraÃdo y pensativo.
—AsÃ, ese hombre vino a verle antes de que ocurrieran los sucesos, ¿no es asÃ, amigo mÃo? —preguntó Lingard sin detenerse.
—SÃ, eso es. Vino aquà antes. Quiso que yo le diera dinero o mercancÃas, ¡qué sé yo! ¡El muy cerdo! QuerÃa que yo le considerara como a un comerciante honrado de la isla. Al ver que yo le negaba lo que pedÃa, pateó su sombrero ahÃ, en ese huertecillo, y luego se marchó. Desde entonces no volvà a verle, hasta que supe que se habÃa aliado con Abdulah. ¿Cómo iba yo a adivinar que podÃa hacernos daño, y de qué forma? Con mis hombres y con la ayuda de Patalolo, yo hubiera podido reprimir fácilmente cualquier levantamiento local.
—¡Bah! ¡Patalolo! —exclamó el capitán—. No me fÃo de él. ¿Confiaba usted en Patalolo?