Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —¿Y por qué no iba a confiar? —exclamó Almayer—. Yo fui a verle el dÃa 12. Me acuerdo perfectamente. Fue cuatro dÃas antes de que Abdulah penetrara con su barco en el rÃo. Parece ser que, a su vez, Willems quiso verme a mà ese dÃa. Yo me sentÃa ya algo inquieto, la verdad, por las cosas que se decÃan. Pero Patalolo me tranquilizó, asegurándome que no habÃa nadie en Sambir que no sintiera por mà afecto y respeto sinceros. Me aconsejó que no diese crédito a las mentiras del populacho que vive en la desembocadura del rÃo. Patalolo aludÃa particularmente a un hombre llamado Bulangi, que vive cerca del mar, el cual habÃa venido a asegurarme, bajo palabra de honor, que habÃa un buque anclado cerca de la costa, cosa que yo, naturalmente, repetà a Patalolo. Pero él no lo creyó, y sin cesar de mascar betel, refunfuñó varias veces: «¡No, no, no!», como si fuera un loro viejo. Yo observé en él algo extraño, algo que no podÃa explicarme. Me pareció como si sintiera impaciencia por verme marchar. Bien. Al dÃa siguiente, Babalatchi, ese malhechor tuerto que vive con Lakamba, apareció por aquÃ. Vino alrededor del mediodÃa, como por casualidad, y estuvo aquÃ, en esta misma veranda, hablando de mil cosas distintas. Luego preguntó cuándo le esperábamos a usted. Y cuando iba a marcharse habló como incidentalmente de que él y su amo estaban hartos de un hombre blanco, «mi amigo», según él, que sólo parecÃa vivir pendiente de la voluntad de la hija de Omar. Me pidió que le aconsejara. Habló con mucha deferencia y respeto. Yo le dije que aquel blanco no era amigo mÃo, y que podÃan librarse de él dándole sencillamente un puntapié sin consideración alguna. Al fin, el tuerto se marchó, murmurando palabras de amistad y jurando que su amo sentÃa por mà un gran respeto y veneración. Naturalmente, ahora comprendo que el miserable vino aquà a espiar y a ponerse de acuerdo con algunos de mis hombres. En efecto, ocho de ellos faltaron a la lista aquella misma noche. Entonces, como es lógico, di la voz de alarma. No me atrevà a dejar mi casa desguarnecida, pues como usted sabe, tengo en ella a mi familia, y como era tarde y no querÃa llevar conmigo a mi pequeña, pensé que lo mejor era mandarle un aviso a Patalolo, diciéndole que querÃamos consultarle algo con urgencia y que en la colina corrÃan rumores y una inquietud muy sospechosa. ¿Sabe usted lo que me contestó Patalolo?