Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

—¿Y por qué no iba a confiar? —exclamó Almayer—. Yo fui a verle el día 12. Me acuerdo perfectamente. Fue cuatro días antes de que Abdulah penetrara con su barco en el río. Parece ser que, a su vez, Willems quiso verme a mí ese día. Yo me sentía ya algo inquieto, la verdad, por las cosas que se decían. Pero Patalolo me tranquilizó, asegurándome que no había nadie en Sambir que no sintiera por mí afecto y respeto sinceros. Me aconsejó que no diese crédito a las mentiras del populacho que vive en la desembocadura del río. Patalolo aludía particularmente a un hombre llamado Bulangi, que vive cerca del mar, el cual había venido a asegurarme, bajo palabra de honor, que había un buque anclado cerca de la costa, cosa que yo, naturalmente, repetí a Patalolo. Pero él no lo creyó, y sin cesar de mascar betel, refunfuñó varias veces: «¡No, no, no!», como si fuera un loro viejo. Yo observé en él algo extraño, algo que no podía explicarme. Me pareció como si sintiera impaciencia por verme marchar. Bien. Al día siguiente, Babalatchi, ese malhechor tuerto que vive con Lakamba, apareció por aquí. Vino alrededor del mediodía, como por casualidad, y estuvo aquí, en esta misma veranda, hablando de mil cosas distintas. Luego preguntó cuándo le esperábamos a usted. Y cuando iba a marcharse habló como incidentalmente de que él y su amo estaban hartos de un hombre blanco, «mi amigo», según él, que sólo parecía vivir pendiente de la voluntad de la hija de Omar. Me pidió que le aconsejara. Habló con mucha deferencia y respeto. Yo le dije que aquel blanco no era amigo mío, y que podían librarse de él dándole sencillamente un puntapié sin consideración alguna. Al fin, el tuerto se marchó, murmurando palabras de amistad y jurando que su amo sentía por mí un gran respeto y veneración. Naturalmente, ahora comprendo que el miserable vino aquí a espiar y a ponerse de acuerdo con algunos de mis hombres. En efecto, ocho de ellos faltaron a la lista aquella misma noche. Entonces, como es lógico, di la voz de alarma. No me atreví a dejar mi casa desguarnecida, pues como usted sabe, tengo en ella a mi familia, y como era tarde y no quería llevar conmigo a mi pequeña, pensé que lo mejor era mandarle un aviso a Patalolo, diciéndole que queríamos consultarle algo con urgencia y que en la colina corrían rumores y una inquietud muy sospechosa. ¿Sabe usted lo que me contestó Patalolo?


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker