Un vagabundo de las islas

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Lingard se detuvo un momento delante de Almayer, que continuó con creciente animación al cabo de una pequeña pausa:

—Alí me trajo este recado del sultán: «El rajá me ha dicho que le envía un saludo cordial y amistoso, pero que no ha comprendido su mensaje». ¡Así, ni más ni menos! Alí no pudo arrancarle a Patalolo ni una sola palabra más. Yo me di cuenta de que Alí venía aterrado. Andaba de un lado para otro, empezando muchos trabajos y sin terminar ninguno. Luego, cuando ya se iba a retirar, me dijo que la puerta principal del palacio del rajá estaba cuidadosamente cerrada y vigilada, aunque en el interior había poca guardia. Por último, me dijo que le había extrañado encontrar el palacio a oscuras, aunque estaba seguro de que nadie dormía allí aquella noche, y que había oído muchos llantos y lamentos de mujeres. Muy pintoresco, ¿no le parece? Pues le juro a usted que al oír a mi criado sentí que un escalofrío me recorría la espina dorsal como una corriente eléctrica. Luego, Alí salió a la veranda y estuvo ahí, precisamente, escuchando los gritos y la algazara de toda la colonia, que parecía estar revolucionada. El tumulto llegó a ser tan grande como si se celebraran veinte bodas. Esto debía de ocurrir poco después de media noche.



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