Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Almayer se calló de nuevo, como si hubiera dicho cuanto tenía que decir, y Lingard se detuvo ante él, mirándole silenciosa y pensativamente. De pronto, un enorme moscardón nocturno penetró zumbando de un modo terrible en la veranda del bungalow, y voló como un dardo entre los dos hombres. Lingard le atacó furiosamente con su sombrero, mientras Almayer se apartaba con prudencia. El capitán dirigió al insecto otro golpe igualmente inútil, al tiempo que Almayer se ponía en pie agitando los brazos alrededor de la cabeza como las aspas de un molino. El moscardón redobló la velocidad de su vuelo y su zumbido se hizo aún más amenazador, obligando a los dos hombres a saltar sin tregua y a mover sin cesar los brazos en todas direcciones. Pero de pronto el zumbido se alejó y se perdió en la clara serenidad de la mañana, dejando a los dos hombres jadeando y tambaleándose de un modo lamentable.
—¡Bueno! —dijo Lingard—. ¡Gracias a Dios que se fue!
—Son muy peligrosos —repuso Almayer—. La orilla del río está plagada de esos insectos. Esta casa está muy mal situada; siempre está llena de mosquitos, de abejorros venenosos y de otros insectos a cuál peor. Uno de ellos picó a Nina la semana pasada, y la pobre chiquilla estuvo mala cuatro días. Me gustaría saber para qué sirven esos bichos tan asquerosos.