Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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—Varios de aquellos canallas me tenían sujeto, sin cesar de gritarme y amenazarme. Willems cogió mi hamaca y se la arrojó a los indígenas que me sujetaban. Luego abrió el cajón de esta mesa y encontró una gran aguja, hilo de palma y algunas otras cosas. Nosotros estábamos haciendo toldos y velas para su barco, según usted nos había encargado al marchar en el último viaje, y el muy canalla de Willems sabía, naturalmente, dónde podría encontrar todo lo que necesitaba. Bajo sus órdenes, los indígenas me arrojaron al suelo y me envolvieron en la hamaca, y él mismo empezó a coserme dentro de ella, empezando por los pies, como si fuera un cadáver. Mientras me cosía en mi extraña prisión de cuerda, el granuja sonreía de un modo perverso. No tengo que decirle que le insulté con todos los adjetivos que acudieron a mi mente en aquellos momentos, y entonces Willems ordenó a los canallas que me taparan la boca y las narices con sus manos, sucias hasta lo indescriptible. Faltó poco para que me asfixiaran. Cada vez que me movía, mis verdugos me golpeaban sin piedad en el pecho o en la espalda. Willems cogía hilo siempre que le hacía falta, y luego, muy sereno, con toda calma, seguía cosiendo. Me cosió así hasta la altura del cuello. Entonces se levantó y dijo: «Bueno, ya está. Ahora, vámonos». La mujer había estado presente durante todo el tiempo. Por lo visto, se habían reconciliado. Cuando Willems terminó, ella batió palmas con alegría. Yo estaba en el suelo, incapaz de moverme, como un fardo, mientras Willems me contemplaba con un placer inmundo y la mujer lanzaba gritos de júbilo. Todo el mundo sonreía burlonamente al contemplarme. Le juro a usted, capitán, que en aquellos instantes deseé la muerte con toda mi alma. Y todavía la deseo cuando lo recuerdo.


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