Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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Durante los cuatro días que duró su reclusión, el capitán Lingard había recibido dos mensajes de aquel mundo extraño, de aquel mundo de Sambir que se le había escapado tan inesperadamente de sus fuertes manos. Uno de ellos eran unas palabras de Willems, escritas rápidamente con lápiz en un pedazo de papel; el otro estaba cuidadosa y esmeradamente escrito en una larga hoja de papel satinado y magnífico y enfundada en un espléndido sobre de seda. El capitán no había logrado entender ni descifrar el primer mensaje, o sea, el de Willems. Decía así: «Venga usted a verme. Yo no tengo miedo. ¿Y usted? W». El capitán rompió furiosamente el papel, pero antes de que los pedazos hubieran llegado al suelo su cólera fue sustituida por la curiosidad. Inclinándose, recogió los pedazos y los reunió sobre un mueble, contemplando con asombro el misterioso escrito, que encerraba un insulto tan extraño a su autoridad. En cambio, había leído la carta de Abdulah lenta y detenidamente, guardándosela luego en un bolsillo con un ademán de cólera que terminó en una sonrisa medio resignada y medio divertida. ¡Bien! Ya vería lo que habría de hacerse. Él, como buen hombre de mar, era precavido y previsor. Le complacía repetir a menudo esta frase: «El lugar más seguro es siempre la cubierta, aun en los mayores desastres, mientras el buque flota». Y si se hundía, si se venían abajo sus trabajos de tantos años… En fin, lo mejor era esperar los acontecimientos.


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