Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Dio unos pasos hacia la pasarela en actitud airada, pero luego se detuvo, pareció dudar y al fin regresó, deteniéndose ante Lingard y obligando a éste a hacer lo mismo.
—Naturalmente, usted hará lo que quiera —dijo—. Ya sé que no escucha usted nunca un consejo, pero déjeme decirle, que no será honrado ni noble dejar que ese granuja escape de aquÃ. Si no lo impide, ese canalla se marchará a bordo del buque de Abdulah, el cual se servirá de él para hacerle a usted daño; a usted… y a otros muchos. Willems conoce perfectamente todos nuestros negocios, los de usted sobre todo, y podrá causarle enormes perjuicios. Recuerde lo que le digo. ¡Enormes perjuicios! Piense en ello, capitán. Esto es lo que querÃa decirle. Nada más. Ahora debo marcharme, pues tengo un trabajo abrumador. Empezaremos a cargar la goleta mañana a primera hora. Todos los fardos están listos. Si me necesita para algo, no tiene más que izar cualquier cosa a guisa de bandera en el palo mayor. Y por la noche, dos disparos me avisarÃan. —Haciendo una leve pausa, añadió en tono amistoso—: ¿Quiere usted cenar conmigo en mi casa? No puede ser bueno para usted estar tanto tiempo a bordo, capitán.